INTERNACIONAL Lunes, 29 de diciembre de 1997
DAVID ALONSO
México profundo y sangriento
La matanza de Acteal nos conduce de nuevo al México profundo y sangriento. La crueldad de la matanza, a manos de las llamadas guardias blancas, tiene dramáticas similitudes con las sucedidas en Guatemala a manos de los kaibiles. El atroz asesinato de niños y mujeres a la salida de una iglesia poco antes de Nochebuena denota que se pretendía causar terror y miedo en las comunidades. Acciones como ésta tienen como resultado que en la zona norte se hayan producido desde 1994 unos 4.000 desplazados y más de 500 muertos.
Desgraciadamente, la barbarie cometida en Acteal no es un caso aislado. Los grupos paramilitares llevan actuando desde hace tiempo en la zona norte y los ataques cada vez abarcan mayor radio de acción. La guerra de baja intensidad va aumentando grados en una estrategia de hostigamiento amparada y tolerada por el Gobierno del Estado de Chiapas.
Una de las primeras medidas del Gobierno zedillista ha sido mandar más efectivos a Chiapas cuando la militarización de las zonas rurales, y en especial en la zona norte, está estrechamente relacionada con el incremento de violaciones a los derechos humanos de la población civil.
El secretario mexicano de Gobernación, Emilio Chuayffet, ha atribuido la matanza a disputas familiares e interétnicas. Chuayffet forma parte del grupo de Atlacomulco, una de las corrientes conservadoras del PRI donde perviven algunos dinosaurios que abogan desde hace tiempo por una solución militar al conflicto. En estos municipios existen divisiones religiosas, étnicas, políticas y familiares que han sido alentadas por los dirigentes vinculados al partido y por la policía estatal, con el fin de provocar el conflicto en el interior de las comunidades.
Siguiendo estos intereses y los modos del pasado las ayudas a la región también se han asignado de modo clientelista por organizaciones afines al PRI. Por ello, el hecho de que entre los autores materiales haya indígenas indica que actúan como sicarios, pero ello no elude que sea necesario desentrañar el entorno donde se desenvuelven estos grupos paramilitares, la finalidad a la que responden, la connivencia de las autoridades y así hasta llegar a los autores intelectuales. La desarticulación de estos grupos es indispensable para el cese del terror en la zona y en el Estado.
Desde el inicio del conflicto y más aún desde febrero del 95, ya con Zedillo investido como presidente, se ha utilizado la negociación con el EZLN como medio de desgaste. En septiembre pasado, una comisión formada por 1.111 zapatistas exigía en la capital mexicana el cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés. La ruptura de las negociaciones se produjo cuando el Ejecutivo modificó los acuerdos firmados sobre autonomía indígena.
El historiador mexicano Enrique Krauze ha recordado recientemente lo lejos que estamos de saber la verdad de la matanza de estudiantes en la Plaza de Tlatelolco, en 1968. Tras las primeras reacciones del Gobierno de Zedillo, que atribuye la última masacre a disputas interétnicas, y el hecho de que los responsables de la investigación forman parte del mismo sistema no cabe augurar que casi 30 años después se actúe de forma diferente.
David Alonso ha trabajado como cooperante con la población indígena en México.
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